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Es un ruido que no tiene sentido, como el golpe claro de una puerta. Pero Maddie piensa de repente que no es la primera vez que lo había escuchado. Durante los últimos minutos- tal vez más- el ruido sonó dos veces o tres veces o más, y es sólo estaba prestando atención hasta ahora. Hay un cosquilleo extraño leve en su nuca, como si hubiera visto una sombra donde no pertenece. Inmediatamente Maddie lo sabe. Hay alguien abajo. Hay alguien dentro que no pertenece en la casa. Está segura. Maddie alcanza para tomar a Bella en sus brazos. Con solo tocarla, Bella está programada para mover sus piernas y agitar su cola. Pero Bella se mantiene callada, se mantiene quieta. A sí que ella también lo sabe.

Hay algo que no cuadra.

Otra vez, ese ruido. No hay ninguna razón para que un ruido venga de abajo- todo el mundo se fue a la cama hace horas. ¿Quién es? No es exactamente susurro. Tampoco es un paso. No es el crujido de envoltorio de caramelo ni el ruido que hace la nevera cuando Papá se hace una merienda por la noche. Más bien una brisa. Como si la manga de un abrigo se cepillase contra una pared. Como algo que se siente más que algo que se escuche.

El cuerpo de Maddie se congela, como lo habían hecho miles de veces. Pero no es como el primer día de clases, o cuando le pregunta algo a la profesora, o cuando alguien se olvida de ella en el centro comercial. Esto es diferente, más grande. La cara de Maddie se tersa. Presiona a Bella contra su pecho. Lo único que quiere Maddie ahora es hundirse de nuevo en su cama y hacerse pequeña; esconderse debajo de su manta para no poder oír ese ruido otra vez. Lo que quiere más que eso es gritar más fuerte que nunca para que Mamá y Papá y Sadina puedan escucharla. Pero Maddie sabe que pasaría si abre la boca: nada. Ningún sonido saldría.