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Nos mudamos de la parte más bulliciosa de la ciudad cuando tenía 3 años. Aquí las casas son pequeñas y tienen tres pisos porque simplemente no hay espacio para moverse. Cada casa está bien parada sobre su pedacito de tierra, tratando de no chocar sus hombros con los del vecino. Lo bueno es que es un barrio tranquilo a pesar de que en algunas noches de verano, papá tiene que cerrar las ventanas y cortinas de la habitación de Maddie para envite que le llegue ruido de la Señora Turner, la enfermera que cuando sale de su turno de noche, al estacionar su auto hace ruido y ésto hace que su perro ladre a un ritmo constante.

Pero ahora mismo son papi y mami que están haciendo un zumbido y si esos ruidos llegan a la habitación de Maddie, así como están llegando a la mí, ella no está durmiendo.

Así no sirve. No hay ningún sentido para estar en la cama. Si tan sólo yo pudiera escuchar lo que están hablando quizás no tendría que pasar toda la noche dentro de mi frazada. Pero no puedo permitir que ellos sepan que los estoy escuchando. Cuando estas conversación llegan hasta la habitación de Maddie, no siempre obtengo las respuestas correctas. Y si les pregunto directamente a ellos, probablemente me dirán que todo está bien.

Algunas personas tienen la habilidad de ser sigilosas. Catalina, por ejemplo, ella siempre aparece aunque no quiera, así que creo que ella es buena en operaciones encubiertas. Apuesto a que ella podría deslizarse fuera de la cama y llegar a la puerta y no pisar una sola tabla del suelo que por supuesto sonaría. Apuesto a que ella podría bajar las escaleras como una serpiente. Bueno, lo que sea, el punto es que algunas personas hacen estas cosas de manera natural y yo no soy ninguna de ellas.