Página 31

Tabla de contenidos

Trato de cubrirme la cabeza con mi frazada. Se ve oscuro y se siente placentero estar debajo de la frazada, pero adivina qué, no más silencio. El ruido de esas voces aún las puedo escuchar a través de la frazada.

Esas voces pertenecen a las de mis padres. Ellos tienen horas de estar conversando de algo que me gustaría poder entender. Estoy segura que se el tema de su conversación: ¿Qué debemos de hacer con relación a Maddie? Es claro, ellos no están obteniendo ninguna mejoría, menos de que ella se me perdiera hoy en el mall.

La habitación de Maddie está abajo del pasillo, por lo que quizás ella no pueda escuchar las voces. Espero que no. A veces Maddie me hace pensar en esos cuentos de hadas y princesas. Uno acerca de la chica que viene de un país pobre a un castillo y duerme sobre un montón de colchones y despierta toda adolorida y molesta. Y la princesa que piensa que debe ser una princesa, sólo porque una princesa tiene más sensibilidad. O, en mi opinión, de piel fina. Lo que sea, Maddie es así. Ella no soporta usar etiquetas en sus camisetas y tampoco le gusta usar calcetines. Ella se tapa sus oídos cuando están aspirando y cuando Río ríe muy fuerte. Cuando mis amigos vienen, papi siempre nos pide que hablemos en voz baja.

Es curioso que papá no es quién trabaja duro por hacer que el mundo de Maddie sea tranquilo. Él creció en la mitad de Springfield, en una población de 150.000 personas, y el ruido es una de las cosas que él todavía extraña. El dice que hay noches que por la falta de ruido él no puede dormir y es cuando él se pone sus audífonos para escuchar música de manera que él pueda recrear la bulla que cuando era niño, él escuchaba a través de la ventana de su habitación.