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No hay razón alguna por la cual deba de preocuparme.
Probablemente ella se sintió mejor y simplemente se cansó de pasar el rato en su habitación. Pero ni modo, me voy rápido a seguir revisando arriba. Ella no está en la habitación de papá y mamá, donde suele acurrucarse en la cama. Ella no está en el baño. Incluso la busqué en el armario donde guarda la ropa; aunque las toallas de baño y ropa de cama se acomodan en tan estrecho espacio que ni siquiera un ratón podría encajar allí.

En la planta baja reviso la cocina sin que mamá y papá se den cuenta - estoy muy lejos de su radar de nuevo - busco la sala de estar, comedor y armarios. No Maddie. Es una posibilidad muy remota, con la lluvia y el frío, pero la busco en el porche delantero también. Aún nada de Maddie. Nosotros no tenemos sótano. No tenemos garaje.

Sí tenemos desván.

Es que no es tan fácil de encontrarla. Yo doy pasos al piso de arriba, de dos en dos y abro la puerta del armario para manteles. Esta vez la pared de toallas y sábanas no me detiene. En la parte trasera del armario, hay una estrecha escalera empinada que va hacia la oscuridad.

Cuando llego arriba, tengo mis manos abiertas, y empujo la trampilla que conduce al desván.